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Mi hijo tiene miedo

Hablamos de esos miedos que desde nuestro punto de vista adulto consideramos como irracionales, sin justificación en la realidad o en las vivencias que nuestros niños han tenido. Miedo a la oscuridad, a los globos, a los payasos, al adorno que hay en el pasillo… Se lo intentamos explicar de una forma razonable y con todo tipo de argumentos de peso:
Debajo de la cama no hay nada; ya he mirado dos veces. 

Cuando los globos explotan no ocurre nada fuera de lo normal; el ruido lo provoca el aire que estaba antes dentro. 
Los fantasmas no existen. Y las brujas sólo en los cuentos.

La clave a todas estas fijaciones está en lo más difícil de ver: nosotros mismos. Somos el eje sobre el que giran las vidas de los niños, al menos sus primeros años. Una mirada de desaprobación, un grito que transforma nuestra expresión en una máscara de odio momentáneo o esa amenaza implícita de que los vamos a querer menos cuando se portan mal o a irnos cuando nos hartemos de tanta travesura, desobediencia o gritos desaforados.

La clave a todas estas fijaciones está en lo más difícil de ver: nosotros mismos.

Seguro que eres capaz de recordar algo que te daba pánico de pequeño, que te provocaba esa sensación de malestar y expectación que mezclaban las ganas de saber con el miedo cerval a conocerlo. Y seguro que tus miedos de adulto (si es que aún no conservas los infantiles) se basan en estos primeros. Porque pongamos las cartas sobre la mesa: el ser humano vive con miedo. A perder la pareja, el trabajo, a no llegar a fin de mes… todo lleva a lo mismo; a dejar de tener lo que nos define, a dejar de ser lo que somos; de alguna manera a morir o perdernos en ese laberinto de posibles inexistencias.
 

Y ahí, justo en esa base que todos compartimos es la fuente en la que bebe tu hijo cuando llora porque no quiere dormir solo. Y cada uno, en función a sus vivencias individuales modela como plastilina ese terror dándole una forma concreta y subjetiva.


Y por supuesto, éste no desaparece explicando que “esas cosas” están sólo en su cabeza. Porque no es verdad. La soledad, la muerte, el abandono, la separación e incluso la propia ira puesta fuera por no saber manejarla existen, son tangibles y tienen cara de Freddy Krueger.

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