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¿Es normal que mi hijo...?

Una de las verdades evolutivas más misteriosas sobre el ser humano es la infinita complejidad que compone la mezcla que nos hace individuos diferenciados del resto. Las particularidades entre unos niños y otros, incluso cuando nacen en la misma familia o en circunstancias similares es tan inmensa que siempre acaba poniendo de manifiesto que son las pautas y la educación infantil la que tienen que adaptarse a ellos, y no toda la población infantil a unas normas generalizadas.

Tras años viendo padres preocupados a diario, he llegado a la convicción de que todos y cada uno de nuestros hijos tiene una “tarita”.

La línea que separa el desarrollo normalizado del patológico es tan fina que, excepto en casos de extrema gravedad deberíamos destruirla y no mirar atrás nunca más. Tras años viendo padres preocupados a diario con la educación infantil, he llegado a la convicción de que todos y cada uno de nuestros hijos tiene una “tarita”. Los bebés perfectos, que no dan una mala noche y ni un solo problema con la comida o la adaptación a la guarde pueden ser adolescentes problemáticos, los niños que hablan frases completas con 18 meses pueden desarrollar dislexia cuando comienzan la lectoescritura, y los acosados pueden acabar siendo acosadores en un breve lapso de tiempo.

 

 

Quizás debamos empezar a ver a los niños como lo que son: personas. Eso implica que hay áreas donde tienen habilidades específicas por encima de la media, y otras donde las dificultades pueden multiplicarse, teniendo además en cuenta que éstas van mutando con el paso del tiempo. No conozco a ningún adulto perfecto o que lo haga todo bien. Sin embargo, al describir a los niños siempre tenemos el “pero” presente después del halago. Quizás el nivel de exigencia, el seguimiento de patrones y percentiles y las comparaciones o rendimientos en ítems sin sentido deberían pasar a formar parte del pasado; de una humanidad deshumanizada.

Al describir a los niños siempre tenemos el “pero” presente después del halago

En la vida se pasan baches. Hay personas que los traspasan con unos pocos meses la primera vez; otras en la adolescencia o en la vida adulta. El papel de padres y madres es estar presentes en esos momentos en que los hijos nos necesitan, y buscar la ayuda o la información necesarias cuando la situación lo requiere. 

 

Lo verdaderamente difícil de la maternidad y de la paternidad es ser capaces de ir liberando poco a poco a los niños de la necesidad de mamá, de la falta de papá. Que no tengamos que estar presentes para resolver cualquier conflicto. Y eso no se consigue dando instrucciones que reflejan nuestra forma de enfrentar los problemas, ni señalando los errores (que lo son para nosotros; hay que recordar que todo es subjetivo). La autonomía de los adultos se consigue ofreciendo siempre el apoyo necesario, siendo el refugio al que volver cuando se caigan, pero sosteniendo el avance personal en una realidad distinta a las cuatro paredes de la propia casa, con sus únicos parámetros e hitos. Esa es la verdadera educación infantil.

 

 

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